El Hombre Invisible y la Mano Invisible VII

Como un brillante caso de estudio de ressentiment, Griffin proporciona una remarcable visión interior de la psicología del intelectual moderno y alienado, y de su típica mentalidad anticapitalista. En su sentimiento de que la economía de mercado le amenaza injustamente, proporcionándole una recompensa injusta e insuficiente por su talento y su ingenio, Griffin es el prototipo del intelectual moderno. Su actitud ayuda a explicar porqué tantos artistas, científicos, académicos y otros miembros de la elite cultural e intelectual han rechazado el capitalismo y abrazado el socialismo. Fantasean sobre un orden socialista que deshaga las injusticias de la economía de mercado porque, como Griffin, secretamente imaginan que, de alguna manera, estarán en la dirección de una economía planificada centralmente y que, por ello, serán capaces de redirigir los flujos de las recompensas como a ellos les parezca bien. El mismo Wells proporciona un ejemplo perfecto de esa mentalidad y esto podría explicar porque hace un buen trabajo al retratar a Griffin. Como Griffin, Wells proviene de un origen humilde, pasó parte de su vida como profesor, y utilizó su ingenio (con bastante más éxito) para subir en la sociedad y hacerse a sí mismo famoso. Por otra parte, a pesar de sus inclinaciones socialistas, Wells sentía un gran desprecio por el hombre común y creía que la sociedad debía ser gobernada desde arriba por una elite intelectual.

Estas actitudes surgen a la superficie de un modo brillante en El hombre invisible. Ya hemos visto que, aunque Wells se pone del lado de los habitantes de Iping contra Griffin, les presenta de un modo negativo, ridiculizando su simpleza de mentalidad. A su manera, ellos son incapaces de protegerse de un genio como Griffin. Estarían condenados sin la intervención del doctor Kemp, el médico que intenta asociarse a Griffin en su causa, pero que, después, se vuelve rápidamente contra él. Tal como Wells establece la situación, se necesita un hombre intelectual para contraatacar el esquema nefasto de otro hombre intelectual. Kemp muestra su inteligencia superior al darse cuenta, inmeditamente, que la invisibilidad de un hombre es una amenaza superior para Inglaterra y la humanidad. Más aún, es Kemp y sólo Kemp quién organiza rodos los planes de la sociedad para capturar a Griffin.

El papel de Kemp en El hombre invisible refleja la peculiar forma aristocrática que tomó el socialismo a fines del siglo XIX en Inglaterra. La doctrina socialista ofreció una forma de reprimir drásticamente todas las fuerzas productivas que habían sido liberadas por las políticas de mercado libre, fuerzas que les parecieron caóticas y anárquicas a los ingleses como Wells, y que parecían amenazar el ascenso social permanente de las elites culturales que no tenían un pasado aristocrático. Wells tenía la esperanza de sustituir esa vieja arsitocracia de nacimiento por una nueva aristocracia del talento, particularmente talento intelectual y artístico, pero no obstante, su actitud fue aristocrática y antidemocrática. Uno puede detectar en Wells un fuerte elemento del equivalente socialista del noblesse obligue. Su preocupación por el hombre común está mezclada con una buena cantidad de condescendencia, cuando no de un desprecio absoluto. En virtud de su intelecto y educación superior, Wells se veía a sí mismo con derecho a mostrar a los ingleses como deben vivir y como deben organizar su existencia social y económica. Este es el peculiar socialismo welsiano de raiz nietzscheana. Como su contemporáneo George Bernard Shaw, Wells se las arregló para combinar su doctrina socialista con la creencia de que solo una especie de superman nietzscheano podía implementarlo con éxito. Él pensaba que si la sociedad tenía que ser salvada, no podia serlo mediante un esfuerzo colectivo, sino mediante el trabajo de un sólo gran hombre, o quizás mediante un grupo de grandes hombres, una hermandad de elite.

Entonces, si he dado una versión contraditoria de El hombre invisible, la razón es que hay una contradicción fundamental en el corazón del pensamiento de Wells. Aunque él confirmó su ideal socialista de la comunidad, al mismo tiempo vio una forma de individualismo histórico en el único modo de traer el socialismo. La vacilación de Wells entre el socialismo y el individualismo heróico ayuda a explicar su retrato conflictivo del hombre invisible y la incoherencia básica del hombre invisible como un símbolo. Pero es precisamente esta incoherencia la que hace de El Hombre Invisible una obra muy gratificante para analizar. Quizás Wells haya establecido una critica al capitalismo, pero en el proceso ha terminado por proporcionar materiales para una crítica a su propia posición y, más precisamente, a la predilección artística-intelectual por el socialismo. Pero sobre todo, el retrato de Wells del hombre invisible nos enseña como despreciar al hombre común y, al mismo tiempo, despreciar a la economía de mercado. El socialismo de Wells es, en última instancia, de naturaleza estética y aristocrática. Está basado en nada más que en su convicción de su superioridad, como la de un visionario artístico, sobre la masa ordinaria de la humanidad. Evidentemente, Griffin no era el único megalomaníaco a la vista.

El Hombre Invisible y la Mano Invisible VI

Para entender la hostilidad de Wells hacia el hombre invisible y el orden capitalista que éste representa, el hombre invisible puede ser visto como un autoretrato de Wells. Como su creador, Griffin es un hombre adelantado a su tiempo, tan adelantado que el público no comprende su genio. Griffin nos puede servir para dar un vistazo al lado más oscuro de su creador revelando más de lo que este desea revelar de su propia psicología. Griffin piensa de si mismo que es un dios entre los hombres — es más, juega a ese papel con el sirviente que adopta, Thomas Marvel, que incluso se dirige a él como "Señor". Especificamente, Griffin se ve a símismo como un superman al estilo de Nietzsche, elevándose por encima de las restricciones morales convencionales que el hombre ordinario se ve compelido a observar. Pero al mismo tiempo, Griffin es un estudio brillante de lo que Nietzsche llamó ressentiment. De alguna manera, el esquema de invisibilidad es un intento de compensar sus profundos sentimientos de inferioridad, inadaptación e impotencia. Viniendo de orígenes humildes, siempre corto de dinero, Griffin es un caso clásico de un hombre que trata de subir en la sociedad gracias a su ingenio; quiere desesperadamente "volverse famoso de golpe". Tiene celos de los otros investigadores y es paranoico, hasta el punto que roba sus descubrimientos. Griffin se demuestra obsesionado con las pequeñas fustraciones, principalmente por la monotonía de su carrera como profesor, continuamente rodeado de estudiantes tontos y con grandes lagunas en sus estudios, y siempre bajo la constante presión de publicar algo bueno o terminar su carrera como investigador.

En resumen, Griffin se siente terriblemente subestimado por la sociedad. Él sabe que es más inteligente que la gente que le rodea, pero muchos de ellos ganan más que él u obtienen mejores posiciones sociales. Para su gusto, la sociedad no recompensa suficientemente la inteligencia. Cuando descubre como hacerse invisible, usa su inteligencia para obtener recompensas y privilegios que la sociedad le ha estado negando. Griffin tiene que demostrar algo, tal como dice a los habitantes de Iping: "No entendeis quién o qué soy. Os lo demostraré ¡Por Dios! Os lo demostraré." Griffin siente un profundo desprecio por los hombres ordinarios, a los que considera muy por debajo de él en la cualidad que él más estima: la inteligencia. Por eso se siente frustrado cuando un hombre ordinario como Marvel puede interferir en sus planes: "¡Pese haber trabajado durante años, haberlo planificado y trazado todo, entonces se cruza en tu camino un idiota miope y torpe y lo estropea todo! Cualquier clase de criatura estúpida que nunca haya sido creada ha sido enviada para cruzarse en mi camino." El desprecio que siente Griffin por la estupidez del hombre común significa el desprecio que siente por la economía de mercado y la manera en que esta distribuye la riqueza. Después de todo, es la economía de mercado que le ha negado su recompensa que él piensa que se merece. El principal uso que hace Griffin de la invisibilidad es redistribuir la riqueza, tomándola de sus dueños establecidos y enviándola en su propia dirección. Hasta el punto en que el hombre invisible busca deshacer la injusticia de la economía de mercado que, desde su punto de vista, no recompensa suficientemente el mérito, por lo que él mismo debería clasificarse como socialista.

Yo he presentado al hombre invisible de Wells como un símbolo del capitalismo y, de otro lado, como símbolo del socialismo: una contradicción obvia. Pero pienso que la contradicción está en la propia novela de Well, que describe a su figura central de una manera inconsistente. Wells intentó dar un retrato de la mentalidad capitalista en la figura del hombre invisible, pero evidentemente, puso demasiado de si mismo en su protagonista y, al mismo tiempo, retrato la mentalidad de un visionario político, un hombre que intenta rehacer el mundo para encuadrarlo en su imagen de un orden social justo. Más aún, en varios puntos de la novela, el hombre invisible suena más como un radical revolucionario que como un hombre de negocios capitalista. Griffin concibe la idea de un reino de terror para establecer y consolidar su poder: "¡Port Burdock ya no está más bajo el poder de la Reina... está bajo el mio, el Terror! Este es el día uno, del año uno, de una nueva época, la época del Hombre Invisible. Yo soy el Hombre Invisible I." Dificílmente este pueda ser considerado el lenguaje del mercado libre. El lenguaje de la proclamación de Griffin de una nueva época es, de hecho, el lenguaje de un totalitarismo revolucionario.

Reclamando la capacidad de espiar en cualquier esquina de la sociedad y el derecho a ejecutar a cualquiera que él elija, el hombre invisible se vuelve la imagen en el espejo de un régimen que todo lo ve sin ser visto, un régimen totalitario. Su modelo de orden no es el del mercado libre, sino el de una monarquía absoluta. Al proclamarse a sí mismo como el Hombre Invisible I, Griffin sólo está llegando a la conclusión lógica de su creencia en su superioridad mental. Él es más inteligente que todos los demás hombres, por lo tanto, él debe ser capaz de gobernar y ordenar sus vidas. De alguna manera, el hombre invisible se convierte en una fuerza profundamente atávica, que quiere llevar a Inglaterra a su pasado antiliberal, sustituyendo las fuerzas de mercado espontáneas que emergen desde abajo por el gobierno de un sólo hombre desde arriba.

El Hombre Invisible y la mano Invisible V

En un punto en que el honbre invisible amenaza con eludir el control de las autoridades, momentáneamente escapa también del control de Wells como novelista. En el capítulo 26, Griffin se vuelve también invisible para su autor. Hasta ese punto, Wells ha mantenido, en general, la postura de un narrador que todo lo sabe, capaz de contar todos los movimientos de su personaje, e incluso, para darnos acceso a sus pensamientos más íntimos. Pero de repente pierde de vista a su propia creación:

A partir de entonces, el hombre invisible pasó de las percepciones humanas. Nadie sabe donde fue o lo que hizo.  Pero uno puede imaginarle corriendo a través de la cálida mañana de junio... refugiánsose... entre los matorrales... Ese parece el refugio más probable para él... Uno se pregunta cual pudo ser su estado de ánimo durante ese tiempo y que planes ideó... En cualquier caso desapareció del conociminento humano sobre las doce del mediodía y ningún testigo vivo puede decir hasta alrededor de las dos y media.

Este es un momento extraño en la ficción de Wells. Éste, por lo general, cuenta sus historias de un modo directo, no reparando en temas de perspectiva o puntos de vista. Pero aquí llama la atención sobre la ficción de su historia, y de hecho, en el resto de este capítulo, se presenta a sí mismo como un narrador limitado que se ve forzado a recurrir a la especulación: "No conocemos nada de los detalles del encuentro" o "Esto es una pura hipótesis". Wells parece a disgusto en esta nueva situación. Por una vez, no está en el control total de su historia. No puede proporcionar toda la explicación de la acción en la que normalmente se deleita. Gracias a la capacidad de substraerse del hombre invisible, la propia historia de Wells amenaza de convertirse en un misterio para él.

En este momento un poco raro de la historia, podemos hacernos una idea de lo que une a Wells el novelista con Wells el socialista: ambos creían en la planificación central. Como escritor, Wells elaboraba el argumento de sus novelas cuidadosamente, así como mantenía un control estricto de su estructura. Incluso entre los novelistas, se le ha considerado, al menos en sus primeros trabajos de ciencia-ficción, por la delgadez de sus argumentos y por mantener un control estricto sobre sus cuestiones temáticas. Casi nunca concede libertad a sus personajes. Estos sólo existen para llevar a cabo su plan y realizar sus ideas. Una razón por la que Wells no ha sido el favorito entre los críticos literarios es que sus novelas golpean a muchos de ellos con la temática didáctica y técnicamente no sofisticada — lo que es lo mismo que decir que él no está por la especie de ficción modernista que otorga una cierta autonomía a sus personajes y a sus puntos de vista. El mundo de una novela de Wells puede ser asediado por el caos y cataclismos — en los que mueren soles, los hombres-bestia se rebelan, nos invaden los marcianos y hay insectos gigantes fuera de control — pero sus libros mismos están siempre bien ordenados y claramente bajo el control del autor.

Esta obsesión por el control parece haberla trasladado Wells a su actitud hacia la política y la economía. Él espera que la sociedad sea lo más ordenada y planificada centralmente posible, como cualquiera de sus novelas. Como novelista, Wells siempre buscó el final más habilmente trazado que tomaría forma de una vez y para siempre. Pero en el mercado libre, las historias no se resuelven de la forma clara y ordenada en que lo hacen en las novelas bien escritas. El mercado está siempre cambiando, continuamente  adaptándose a los deseos cambiantes y a las actitudes de los consumidores. Por ello, a Wells le desagrada el mercado. Como el de muchos artistas, el socialismo de Wells tiene una dimensión estética. Como novelista, Wells tiene un modelo de orden constántemente delante de si: si la novela tiene una forma, la razón es que una sola consciencia ha planeado el trabajo. La aversión de Wells por la contingencia le previene contra el orden espontáneo de la ecomía de mercado. Él estaba acostumbrado a la perfección estática de una obra de ficción, en la que nada se deja al azar y el autor toma la responsabilidad de atar todos los cabos sueltos antes de llegar a la conclusión. Al hablar de su propio temperamento en Una utopía moderna, Wells describe como que "le posee el mero placer de mantener y controlar todos los hilos." Este ideal de control proporciona un modelo excelente para la ficción (una historia trazada con tensión), pero un mal modelo para la sociedad (el totalitarismo).

El Hombre Invisible y la Mano Invisible IV

Hacia el final de la historia, Griffin empieza a comportarse como el archi-enemigo de la autoridad gubernamental. Tiene la esperanza de socavar el poder del gobierno por medio de actos de violencia aleatorios, que demostrarían su incapacidad para hacer valer su autoridad y mantener el orden. De este modo, el hombre invisible construye una confontración que revela la visión de Wells de una sociedad bien ordenada. Enfrentada a la amenaza de la violencia asesina de Griffin, la comunidad finalmente organiza una enorme cacería humana de la que incluso ni un hombre invisible puede escapar. Griffin es un desafío para lo que Foucault y otros llaman el caracter visible del gobierno y, por lo tanto, para supervisar todas las actividades de sus ciudadanos. Con una redada a nivel nacional, las autoridades de Wells se asegurarán de que Griffin ya no pueda eludir más su vigilancia:

Todos los pasajeros de los trenes de un gran paralelogramo entre Southampton, Winchester, Brighton y Horsham viajaron con las puertas cerradas y el tráfico de mercancías fue casi suspendido del todo. En un gran círculo de veinte millas alrededor de Port Burdock, hombres armados con pistolas y palos, en grupos de tres o cuatro y con perros, rastrean los caminos y los campos. Policías a caballo cabalgan por los caminos rurales, parando en cada casa.

Inadvertidamente, Wells muestra en este párrafo sus verdaderos colores. Esta visión es profundamente totalitaria. La hostilidad hacia el hombre invisible pasa inmeditamente a convertirse en hostilidad hacia el comercio ordinario y, de hecho, hacia el movimiento libre y espontáneo de cualquier individuo.

La redada en todo el país pone de inmediato a descubierto lo que, demasiado a menudo, ha convertido en pesadilla el sueño socialista: la sociedad convertida en un campo armado, lo que Wells describe a sí mismo como un "estado de sitio". Nada en el país se mueve sin el conocimiento del gobierno; todos los derechos a la privacidad han sido suspendidos. Desde el principio de la historia y en varios puntos, Griffin es protegido por la tradicional protección anglosajona de los derechos civiles. Incluso cuando las autoridades sospechan de él como autor de varios crímenes, puntillosamente observan los procedimientos designados para proteger al individuo contra las intrusiones gubernamentales en su vida, como la exigencia de órdenes de avasallamiento judiciales. Mientras que primero contemplan métodos crueles para atrapar a Griffin, incluído "vidrio molido" en las carreteras, los jefes de policía locales se preocupan porque este no es un método caballeroso. Pero al final de la historia, todos los sentidos de los derechos individuales se han disuelto y el gobierno conduce una guerra total contra uno de sus ciudadanos. Wells es capaz de convertir el peligro de un único hombre invisible en un caso único, pero uno queda impresionado por la desproporción entre el poder de un individuo solitario como Griffin y las vastas fuerzas mobilizadas para capturarle y destruirle. Al final, Wells nos muestra al individuo rebelde aplastado por el peso de la comunidad dispuesta en su contra: lo que Wells llama "la presión de la multitud".

Sobre el país de los ciegos

Italo Calvino terminó su maravillosa antología, Cuentos fantásticos: visionarios y de todos los días con "El país de los ciegos" de HG Wells. Para Calvino, ese famoso cuento fue una "meditación sobre la diversidad cultural". Es cierto que ese es un posible punto de vista, aunque yo tiendo a sospechar que Calvino está siendo, como suele ser habitual en él, irónico. Cualquiera que sea lo que Wells pretende, esta rara historia encuentra su lugar entre la historia saturnina de Borges, "El inmortal", y la novela aterradora de Saramago, "Ensayo sobre la ceguera". Borges nos muestra el horror literal de la inmortalidad añadida a un envejecimiento continuo, y Saramago alegoriza el fascismo como una tiranía de ver más que los ciegos. Wells, por una vez, implícitamente, se amonesta a si mismo al satirizar a Nunez ("Bogotá" para los ciegos) por lo que Calvino llama "pretensiones de creerse superior", pero finalmente exalta a su protagonista por la obtención del amor de una bella mujer para salvar su vista. Siendo un apocalíptico mujeriego como era él, Wells se entera de la sabiduría de que, en el país de los ciegos, sólo los ciegos pueden gobernar. A pesar de que intenta modificar la norma, al final se encuentra ante la alternativa de ceder o huir.

Borges, influenciado por Wells, da la impresión de que éste  sigue al fabulista argentino.Acabo de releer "El país de los ciegos" por primera vez en décadas y tengo que seguir luchando contra la impresión de que he estado leyendo a Borges, una sensación que empieza en el primer párrafo del cuento.

A más de trescientas millas del Chimborazo y a un centenar de millas del Cotopaxi, en los rincones más salvajes de los Andes de Ecuador, yace el misterioso valle, alejado del mundo de los hombres, el País de los Ciegos. Muchos años atrás, el valle permanecía abierto al mundo y los hombres podían llegar a él a través de gargantas espantosas y  a través de un paso helado hasta alcanzar sus prados uniformes, y allá una familia de mestizos peruanos se fueron a vivir, huyendo de la lujuria y la tiranía de un endemoniado gobernante español. Después se produjo la gran erupción volcánica del Mindobamba, que oscureció el cielo como si fuera de noche durante diecisiete días, y el agua hirvió en el Yaguachi, y todos los peces flotaban muertos en un lugar tan lejos como Guayaquil. A lo largo de toda la vertiente del Pacífico se produjeron corrimientos de tierras, rápidos deshielos e inundaciones repentinas, y a un lado de la antigua sierra del Arauca, esta se desplomó y cayó con un gran estruendo, y separó el País de los Ciegos y separó el País de los Ciegos para siempre de los pies de los exploradores humanos. Pero ocurrió que uno de los primeros colonos estaba por casualidad más acá de las gargantas cuando el mundo era sacudido tan terriblemente que, forzosamente, tuvo que olvidar a su esposa e hijo, y a todos los amigos y posesiones que había dejado allí, y empezar una nueva vida en el mundo inferior. Empezó otra vez, pero enfermo como estaba, se volvió ciego, y murió trabajando penosamente en las minas. Pero la historia que contó perdura a lo largo de la cordillera de los Andes hasta el día de hoy.

¿Que podemos inferir sobre el narrador de la historia? Sólo que es anciano, sabio y poco apasionado, y que quizás queremos preguntarle la pregunta de Nietzsche: ¿quién es el intérprete y que poder trata de obtener sobre la historia? Su retórica es extrema: "el más salvaje", "misterioso", "aterrador", "estupendo", "terrible", establecen una una tonalidad de preparación para la extraña narrativa en la que un valle paradisíaco y feliz es atacado por una enfermedad que ciega a todo el mundo. Y pasaron quince generaciones, y la ceguera se estableció como un estado dado, normal y la regla general.

Nunez literalmente cae en ese valle de los ciegos. Nunez se enfrenta a las casas sin ventanas, y luego a los habitantes ciegos, cuyo sentido del oído, a través de las generaciones, se ha vuelto extraordinariamente agudo. Nunez oye en su interior el viejo proverbio: "en el país de los ciegos, el tuerto es el rey", y se engaña a sí mismo diciendo que será el rey. Pero pronto descubre que para los ciegos, él les parece un salvaje.

"El inmortal" narra las peripecias de un romano, Marco Flaminio Rufo, quién al mando de doscientos soldados y algunos mercenarios, busca un río en el desierto que da la inmortalidad a quién bebe sus aguas. Pierde a sus soldados, encuentra el río, bebe sus aguas, y se da cuenta de que los trogloditas que viven cerca del él, llevan vivos miles de años. Emigra a la ciudad subterránea de los trogloditas. Marco descubre que la inmortalidad es una condena, y busca otro río y lo encuentra en África el 4 de octubre de 1921. En Ensayo sobre la ceguera, Saramago habla de un país imaginario donde una extraña enfermedad azota a todos sus habitantes menos uno, dejándoles ciegos. En su cuento, Borges nos muestra el horror de la inmortalidad del envejecimiento, y en su novela, Saramago alegoriza el fascismo como una tiranía de ver más que los ciegos. Wells, por una vez, implícitamente se amonesta a sí mismo, tal como satiriza a Nunez ("Bogotá" para los ciegos) por lo que Calvino llama "pretensiones de creerse superior", pero finalmente exalta a su protagonista con la obtención del amor de una bella mujer, con el fin de salvar su vista. Mujeriero apocalíptico, como era él con notoriedad, Wells aprende la sabiduría de que, en el país de los ciegos, sólo los ciegos pueden gobernar.

"El país de los ciegos" es una historia corta publicada por Wells por primera vez en un número de la revista Strand Magazine en abril de 1904 e incluida en una colección de historias cortas llamada "El país de los ciegos y otras historias", de 1911. Es una de las historias más conocidas sobre la ceguera en la literatura mundial.

Cuando trata de escalar la cima sin conquistar del Parascotopetl, una montaña ficticia en Ecuador, un montañero llamado Nunez resbala y cae por una ladera nevada en el lado en el que siempre da la sombra, donde encuentra un valle aislado del resto del mundo por profundos precipicios. La ciudad data del tiempo de los conquistadores españoles. Los ancestros de los habitantes huyeron de la represión española. Una extraña enfermedad se propaga entre ellos que provoca que todos sus descendientes nazcan ciegos.

Una vez en el valle, Nunez piensa en el refrán: "En el país de los ciegos, el tuerto es el rey". Nunez intenta gobernar la comunidad, pero los gobernantes, que no tienen ningún concepto de la visión, y que durante siglos se mantuvieron a ciegas, no consideran que la visión sea ventaja alguna. Nunez intenta explicarles que es la visión, pero fracasa y debe resignarse a vivir entre ellos porque regresar al mundo exterior es imposible.

Nunez es asignado a vivir con Yacob y se enamora de su hija más joven: Medina. El amor es correspondido, y cuando Nunez pide la mano de Medina

Borges, influenciado por Wells, nos da la impresión de que este último sigue al fabulista argentino. Acabo de releer "El país de los ciegos" por primera vez en décadas, y tenía que seguir luchando contra la impresión de que estaba leyendo a Borges, una sensación que empieza en el primer párrafo del cuento:

A unas trescientas millas más allá del Chimborazo, a cien de las nieves de Cotopaxi, en las laderas más salvajes de los Andes, yace ese misterioro valle, aislado del mundo de los hombres, el País de los Ciegos. Muchos años atrás el valle estaba bastante abierto al mundo hasta el punto que los hombres podían llegar hasta él a través de gargantes espantosas y por pasos helados hasta llegar a sus prados; y hasta allá llegaron familias de peruanos mestizos huyendo de la codicia y la tiranía de los malvados gobernantes españoles. Entonces sucedió el formidable estallido del Mindobamba, cuando se produjo una noche en Quito que duró diecisiete días y el agua hervía en Yaguachi y todos los peces flotaban muertos incluso tan lejos como en Guayaquil; en todos los lugares a lo largo de la costa del Pacífico, la tierra se deslizaba y se produjeron repentinos deshielos e inundaciones, y todo un lado de la cresta del viejo Arauca se deslizó pendiente abajo e hizo un ruido tremendo como un trueno, y separó el País de los Ciegos de los pies de los exploradores para siempre. Uno de aquellos primeros pobladores le pilló en el otro lado de la garganta en el momento en que el mundo era zarandeado de forma tan terrible y tuvo que olvidar a su mujer, a su hijo, a todos sus amigos y a sus posesiones que había dejado allí, y empezar de nuevo otra vez en el mundo de bajo. Pero se volvió ciego y murió de privaciones trabajando en las minas. Pero la historia que contó engendró una leyenda a lo largo de la cordillera de los Andes que aún hoy perdura.


¿Qué podemos inferir del narrador de la historia? Sólo que en el momento de la historia es anciano, es un sabelotodo y desapasionado y que, si quiere, puede hacer la pregunta de Nietzsche: ¿Quién es el intérprete y que poder busca ganar en la historia? Su retórica es extrema: "salvaje", "misteriosa", "expantosa", "formidable" y "terrible", estableciendo así una tonalidad narrativa que nos prepara para esta historia rara, en la que un valle paradisíaco y feliz es golpeado por una enfermedad que ciega a todo el mundo para siempre. Y pasaron quince generaciones en las que la ceguera se volvió la norma y el estado natural.

Nunez cae literalmente en el valle de los ciegos. Se enfrenta a casas sin ventanas, y a los habitantes ciegos, cuyos sentidos, a través de las generaciones, se han vuelto extraordinariamente buenos. Nunez recuerda el viejo proverbio: "En el país de los ciegos, el tuerto es el rey", y decide que él será el rey. Pronto descubre que esos ciegos creen que Nunez es un salvaje sin formación:


Vivían con una confianza y precisión maravillosa en su mundo ordenado. Todo lo que ves encaja perfectamente en sus necesidades. Cada uno de los caminos que parten del área del valle tienen un ángulo constante con los demás y se distinguía por una muesca especial en sus bordillos. Todos los obstáculos en los caminos y en los prados hacia tiempo que habían sido eliminados. Todos los métodos y procedimientos nacieron especialmente de sus necesidades especiales. Sus sentidos se volvieron maravillosamente agudos; podían oir y juzgar el gesto más ligero de un hombre a una docena de pasos de distancia—podían oir los latidos de su corazón. La entonación de las palabras hace mucho tiempo que habia reemplazado a las expresiones faciales entre ellos, y su trabajo con la pala, la azada y la horca era tan seguro como cualquier otro trabajo manual. Su sentido del olfato era extraordinariamente fino; podían distinguir diferencias individuales como cualquier perro; e iban a las querencias de las llamas, que suelen vivir en los sitios escarpados, y a los lugares donde ellas buscan comida y refugio con facilidad y confianza. Pero fue sólo cuando Nunez pretendió hacerse valer que se dio cuenta de lo fácil y seguros que sus movimientos podían ser.


Como un forastero, cuyo orgullo de ver persiste, Nunez absorbe la nueva realidad muy lentamente. Se rebela, lucha, es derrotado, huye y vuelve muerto de hambre. Gradualmente se va convirtiendo en un ciudadano apenas aceptado del País de los Ciegos, y se enamora de una mujer joven, pero no puede casarse con ella a menos que consienta ser cegado. Al amanecer huye del valle a las montañas hasta: "Que el resplandor de la puesta del sol pasó, y llegó la noche y aún yacía pacífico y satisfecho bajo las estrellas frías y claras." Y así termina la historia.

A regañadientes disiento de Calvino, a quién personalmente venero y cuyos escritos continúo amando. Pero el proverbio del supuesto reinado del tuerto me parece irrelevante para entender la historia y puede haber sido un auto-engaño por parte de Wells. Cuando recuerdo el cuento, aparte de su texto, me viene a la memoria es la solidaridad y la autosuficiencia de la comunidad de los ciegos. Ellos nos parodían, y exponen nuestra habilidad de ver sólo como una variedad de su ceguera. Nunez no es una figura más introspectiva o simpática al final, confortado por la luz de las estrellas que cuando estúpidamente se vio como el rey de esos hombres, mujeres y niños ciegos todos ellos. Wells no tenía ni el interés ni la capacidad de crear personalidades ni caracteres. Wells fue el último de los escritores shakesperianos ingleses, más incluso que Daniel Defoe y Jonathan Swift. Wells tenía una gran capacidad para crear argumentos y tramas, pero eso lo aleja de ser el rey de los escritores. Wells, frente a las sublimes ficciones de Henry James, solo era capaz de responder con estúpidas parodias que picaron el orgullo de James pero que son triviales para nosotros. Pero aún hoy Wells es uno de los escritores más populares de su tiempo. ¿Por qué?

"Fascista liberal" no parece ya un oximoron en los EEUU de 2004, donde la profecía de Orwell se está cumpliendo con tan sólo una desviación de dos décadas. Wells, quien junto a Poe y otros pocos apadrinó nuestra ciencia ficción, tenía la esperanza de que la historia podía ser curada por la tecnología y por tiranías científicas benignas. Esta es una profecía suya errónea, pero como Poe, el soñó con pesadillas ineludibles. Poe fue un estilista terrible y Wells (por lo menos), uno gris. Como un emersoniano, me gusta murmurar: "No hay historia, sólo biografía." Wells, individualista heróico pero un fascista burgués, se asoció a sí mismo con la pesadilla de la historia, de la cual me gustaría despertarme, pero no puedo.

El Hombre Invisible y la Mano Invisible III

Sin embargo, y de modo muy inteligente, Wells emplea la figura del hombre invisible para desarrollar una crítica del capitalismo, pero creo que su crítica falla. Por una razón, su objetivo es más amplio de lo que él cree. En gran parte de El Hombre Invisible, Wells no está criticando el capitalismo en general, sino la modernidad en general. Los aspectos de la vida que él cuestiona — organizaciones en gran escala, la existencia urbana, las masas de gente, el cosmopolitismo y el comportamiento racionalista y anti-tradicional — caracterizan a todos los regímenes modernos, a los socialistas tanto como a los capitalistas. En todo caso, el capitalismo reduce los efectos negativos de la sociedad de masas mediante la dispersión del poder económico y la preservación de los bolsillos privados como resistencia al Estado Leviatán. La experiencia de las comunidades socialistas en el siglo XX sugiere que, en una economía central planificada, de hecho los seres humanos es más probable que se sientan como ceros, con sus derechos a la propiedad y a la iniciativa privadas eliminados. En cuanto al punto de Wells sobre el consumo capitalista se basa en una falsa analogía. Nada en el mundo real corresponde con las dificultades que Griffin encuentra en disfrutar lo que toma, que es totalmente peculiar de la situación en que se encuentra como hombre invisible. De hecho, muchos consumidores bajo el capitalismo quieren que su consumo sea visible. Desde Thorsten Veblen, los críticos del capitalismo se han quejado del "consumo conspicuo". Wells quizás tenga en su punto de mira una crítica del consumo capitalista, pero el vehículo particular de ficción que usa no hace nada para demostrarlo.

En efecto, la metáfora central de Wells no funciona en un aspecto tan fundamental que evita la necesidad de una refutación detallada, punto por punto, de su posición. Sólo hay un Hombre Invisible en la historia de Wells. Lejos de funcionar como un sistema de mercado, él disfruta del monopolio, lo opuesto al mercado libre. De ahí que él opere sin los controles y equilibrios que son vitales para la idea de Adam Smith de la mano invisible. Smith nunca ha negado que los seres humanos son egoístas. Pero el punto crucial es que, las personas individuales son tan egoístas como pueden, y por ello, el egoísmo hace que el sistema de mercado funcione porque el egoísmo se ve forzado a servir al bien común. Por ello, la parábola de ciencia-ficción de Wells falla al testear los principios económicos de Smith. De hecho, Smith estaría de acuerdo en que hacer un hombre invisible le convertiría en un monstruo de egoísmo, porque le pondría fuera de la disciplina normal de mercado, donde los hombres de negocios se mantienen vigilados los unos a los otros precisamente porque cada uno puede observar las acciones de los otros, siempre buscando alguna ventaja competitiva. En Smith, el empresario individual no es invisible. Es más, en su funcionamiento, la mano invisible depende de la visibilidad de los hombres de negocios cuando se encuentran en la competencia abierta.

Por lo tanto, prefiero concentrarme, no en analizar la lógica de la posición de Wells, que es débil, sino en los motivos que hay detrás de su hostilidad a la economía de mercado. Lo más peculiar de los aspectos de El hombre invisible es el atavismo de la posición de Wells. Él se pone del lado de los pueblerinos contra el genio científico, Griffin. De hecho, Wells parece culpable de nostalgia política y económica en el hombre invisible, mirando hacia atrás con nostalgia a una edad anterior y más simple, donde las comunidades eran más pequeñas, los intereses personales estaban entrelazados y los seres humanos podían contar con la cooperación de los demás para solucionar sus problemas. Fundamentalmente Wells desconfía de la visión central de Smith y de la economía capitalista: que el mercado proporciona una forma de racionalizar las actividades productivas de los seres humanos sin la necesidad de una dirección central, o incluso, sin que los autores se conozcan personalmente.

Wells comparte las sospechas y los temores que normalmente aterran a los ciudadanos de las comunidades premodernas y poco desarrolladas. Como Friederick Hayek argumentó en La arrogancia fatal, para esta gente las operaciones de la economía de mercado parecen mágicas. El comerciante, el empresario, el financiero — todos estos autores básicos en la economía de mercado — producen aparentemente riqueza de la nada, y por ello, para el hombre común, parecen hechiceros. Y aunque parezca increíble, a todos los primeros economistas de los siglos XVII y XVIII, opinaban lo mismo que Wells. Por ejemplo, Richard Cantillon (1680-1734), en su obra Ensayo sobre el comercio en general, consideraba que sólo la tierra y el trabajo agrícola son productivos. Ni siquiera el trabajo aplicado sobre los productos agrícolas para producir bienes no agrícolas, por ejemplo, el cuero vacuno y el trabajo del artesano para producir zapatos o botas, son considerados productivos. En la misma línea está el pensamiento de la escuela francesa de los fisiócratas. Fisiocracia proviene del griego y significa "gobierno de la naturaleza". Sólo el trabajo humano aplicado sobre la naturaleza es productivo. Los fisiócratas consideraban al resto de los trabajadores (sirvientes, artesanos, comerciantes, etc.) como improductivos. Sin duda, tanto el primero como los segundos estaban fascinados por el aparente milagro de la naturaleza de que el agricultor siembra un puñado de semillas y recoge cientos. No fue hasta que Adam Smith publicó La riqueza de las naciones cuando se estableció que el trabajo en todos los sectores productivos de la economía, y no sólo en la agricultura, proporcionan todas las cosas necesarias y convenientes para la vida, es decir, riqueza. Sólo hasta la publicación de Los principios de economía política de David Ricardo se empieza a reconocer, y como una excepción de la regla general, que las máquinas y herramientas, es decir, el capital físico, son también productivas y, que no se produce lo mismo trabajando con una máquina moderna que con otra anticuada y obsoleta. Para Marx, sólo el trabajo es productivo y, por ende, los beneficios son una extracción ilegítima que los capitalistas hacen a los trabajadores. Por ello, la creencia común durante siglos de que los banqueros y empresarios obtienen dinero de la nada costó mucho de desarraigar. Y eso a pesar de que durante el siglo XV, muchos comerciantes se quejaban de que no había suficientes monedas de oro y plata en circulación para sus actividades comerciales y que, en muchas ocasiones, no podían cerrar operaciones sino era con pagarés de los primeros banqueros (orfebres en centro y norte de Europa, cambistas en la península ibérica). Si no hubiese sido por estos pagarés, que estos protobanqueros emitían y garantizaban con su firma, el comercio se hubiese paralizado durante el siglo XV. Esta falta de metales preciosos acabó con el descubrimiento del Nuevo Mundo y, al final, pasó desapercibida a los primeros economistas que hemos detallado. Pero hasta que esto sucedió, los comerciantes aceptaban de otros comerciantes los pagarés sin fecha de vencimiento (a la vista) de mala gana y a regañadientes emitidos por un banquero como pago de la transacción comercial. La alternativa a aceptar estos pagarés. aún a riesgo de no cobrarlos nunca, era no vender y, por lo tanto, no hacer negocio. Pero estos pagarés pasaban de mano en mano, y casi nunca se redimían o cobraban en monedas de oro o plata. Era pues, una economía fiduciaria en gran parte.

Como hemos visto, Wells comparte con el hombre común la sospecha de que los banqueros, comerciantes y empresarios son improductivos, que mantienen el secretismo en sus negocios, que todo lo que se mueve alrededor del dinero pertenece a otras personas, que su adquisición de dinero es, básicamente, una forma de robo y que viven a costa del trabajo de otros. Como mucha gente, Wells no puede entender o apreciar la contribución especial que el empresario hace al bien de la economía en su conjunto. En Una utopía moderna hace la reveladora declaración de que "el comercio es un adios a la produccción y no es un factor esencial de la vida moderna." De hecho, el empresario, por el conocimiento especial de las condiciones de mercado y su disposición a asumir riesgos en un mundo incierto, hace posible que los bienes estén disponibles donde y cuando la gente los necesita. Cualquiera que crea que los empresarios no ganan sus beneficios está, en esencia, afirmando que vivimos en un mundo libre de riesgos.

Al igual que muchos ingleses del siglo XIX con inclinaciones socialistas, Wells tuvo problemas en aceptar el aparente desorden del complejo sistema de la economía de mercado, que opera precisamente dispersando el conocimiento económico, el poder y el control. Wells no era abiertamente nostálgico del sistema feudal como lo fueron Thomas Carlyle y William Morris pero, sin embargo, si volvió a ciertas formas de pensar medievales al mostrar una insistencia en que el orden tiene que ser impuesto en la sociedad desde arriba — sólo con líderes dirigiendo la actividad económica desde el centro puede la economía tomar una forma racional. A Wells no le gusta la idea de un carácter impersonal que opera fuera de cualquier actividad central y, por lo tanto, más allá de cualquier control centralizado. El hombre Invisible personifica todo lo que a Wells le disgusta en el orden espontáneo del mercado. Griffin es, al menos, un ser humano impredecible. Puede aprecer en cualquier lugar y en cualquier momento y poner una traba en el plan de gobierno más elaborado. es más, él es la pesadilla del peor burócrata: ¿como se puede reglamentar a un hombre al que ni siquiera puedes ver?
[epílogo]
Adam Smith (1723-1790) no era un economista. De hecho, esta palabra ni siquiera existía, aunque si existía la palabra economía. No había una disciplina académica llamada Economía. A. Smith era un filósofo. Dio clases en varias universidades del Reino Unido (Edimburgo, Oxford, Glasgow) y sobre distintas materias filosóficas (Retórica, Lógica, Filosofía Moral) y aún, sobre materias no filosóficas (Literatura). Smith enseñó economía política dentro de la asignatura que daba de Filosofía Moral. Pero la economía no era una asignatura reglada.

Lo que Smith pretendía demostrar es que, en el mundo social, existe una ley que, de algún modo, fuese similar a la de la gravitación universal de Isaac Newton (1642-1727). Una ley económica que fuese universal, para toda la humanidad, tanto en China como en su país o en cualquier otra parte del mundo. Smith nunca dijo que pretendiese buscar esto, ni siquiera mencionó nunca a Newton en las dos obras que escribió. Pero siendo filósofo, apuntaba al Derecho o Ley Natural. Para él, había un principio universal en las relaciones económicas humanas: lo que después se llegó a llamar competencia perfecta o, en terminos periodísticos, sistema de libre mercado. Es una situación ideal, en cuanto es la mejor, pero también idealizada (en el sentido de sacralizada), en la que existen muchos compradores de un producto y muchos vendedores de dicho producto. Pongamos que hablamos de patatas. Pongamos que hablamos de una ciudad de unos 50.000 habitantes (en tiempos de Smith las ciudades eran tan grandes como hoy son los pueblos grandes, es decir, capitales de comarca), En dicha ciudad hay 500 oferentes de patatas en un día determinado. No hace falta que se reúnan todos en un mercado al aire libre. No es en ese sentido el que los economistas usan para hablar de mercado. Si por ejemplo, un oferente de patatas tiene más patatas de lo habitual en el, intentará deshacerse de ellas. Puede pensar que si no las vende hoy, mañana habrá algunas estropeadas que no podrá vender, por lo que perderá dinero. Puede pensar que mañana puede llegar alguna carga importante de patatas de fuera que haga bajar el precio. O simplemente puede pensar que le interesa más vender todas las patatas hoy, aunque gane menos que otros por unidad, hacer caja, comprar por la tarde más patatas a un agricultor para vender más al día siguiente. En este caso, puede compensar con un mayor volúmen de ventas el menor margen comercial y ganar más dinero que si no bajara el precio. En cualquier caso, decide vender las patatas un penique más baratas por cada bolsa de cuarenta libras. El egoísmo le aconseja bajar el precio.

Los primeros compradores que aparecen de buena mañana, deciden comprarle las patatas que tenían pensado comprar, ya que son más baratas que las que ofrecen los otros comerciantes. Estos deciden bajar a su vez el precio hasta igualar el precio de nuestro comerciante. De este modo, en una negociación libre y abierta, se llega al precio natural. El egoísmo les hace comprar el producto allí donde lo encuentran más barato.

Resultado final: el egoísmo de los compradores y de los vendedores, demandantes y oferentes, ha hecho que se pague por el artículo en cuestión el menor precio posible, el precio natural. El comerciante, tal como lo explica Smith, al menor precio posible, al precio de mercado libre (competencia perfecta, según los economistas), si es industrioso y obra con prudencia, obtiene unos beneficios que le permiten vivir con el nivel de vida que su familia y la sociedad considera adecuados para su clase social. Pero nunca se hará millonario. Probablemente en tiempos de Smith no los había, o si los había, eran la excepción que confirma la regla.

Es obvio que Smith nunca habló de patatas. Él era una persona de un nivel educativo tan alto que se expresba en términos más elevados.

El mismo sistema de mercado libre existía para el trabajo, una mercancía más que se compraba y se vendía como las demás. Hablamos de la fuerza de trabajo, como lo llamó Marx, no de esclavos. Los trabajadores venden su fuerza de trabajo al mejor postor. Los empresarios compran la fuerza de trabajo al precio más bajo. En la negociación libre entre unos y otros se alcanza el precio natural de la fuerza de trabajo, es decir, el salario natural o lo que los economistas llaman salario de subsistencia.

Restando del precio natural del artículo vendido, el salario natural de la mano de obra empleada y el precio natural de los productos que entran en su composición, se obtiene el beneficio natural del empresario.

El mundo con que soñaba Smith era un mundo ideal, que él pensaba que el dirigido por mercado libre es decir, la oferta y la demanda (la mano invisible). Gracias al mecanismo invisible de los mercados, si los dejamos funcionar solos y sin interferencias externas a ellos, estos se autoregulan. De ahí el parecido, a mi entener, con la ley de la gravitación universal de Newton. La gravedad también es invisible, y también hace que los cuerpos celestes giren unos alrededior de otros, sin colisionar jamás.

Normalmente se le atribuyen a Adam Smith ideas y conceptos que no estaban en su mente y que nunca escribió.  Noam Chomsky le atribuye a Smith, aunque sin nombrarla, la ley de hierro de los salarios. Smith nunca empleó la expresión de salarios de subsistencia, sino salario natural. Dicho salario debía permitir a los trabajadores mantener a sus familias, con la colaboración de la esposa y los hijos desde temprana edad. Entonces el trabajo infantil era considerado como algo normal y no como algo éticamente reprobable. Y Smith siguió en este punto la creencuiia general. Si una familia era industriosa, como se decía entonces, trabajadora, ahorradora, frugal, espartana, con el tiempo podía prosperar y convertirse en artesanos. Smith sentía una simpatía por esta clase de gente, pero no por los holgazanes, lo cual cuadra dentro de la ética protestante que profesaba.

El mundo de Adam Smith estaba mucho más cercano a su mundo imaginario de la competencia perfecta que el nuestro. En aquél mundo no existía ni grandes superficies comerciales ni las multinacionales petroleras o de las telecomunicaciones. Desde este punto de vista, el modelo smitano era un modelo consistente con la realidad sociocultural de su época. Pero hoy en día, es un modelo tan caduco y anticuado como los carruajes tirados por caballos de su época.

El Hombre Invisible y la Mano Invisible II

El Hombre Invisible y la Mano Invisible: la crítica welsiana del capitalismo II

En estas circunstancias, la única cosa que puede garantizar la aceptación de Griffin es el dinero. La novela empieza con una transacción típica del mercado libre. Griffin toma una habitación en la posada, no por "caridad humana" como él sugiere al principio, sino por su habilidad para evitar un regateo y pagar la tarifa entera. El dinero en si mismo ya le confiere una especie de invisibilidad. Aún en un pueblo rural lleno de curiosos, el dinero es capaz de mantener su anonimato. Siendo los pueblerinos tan entrometidos como la posadera, ni siquiera se molestan enm aprender el nombre de Grffin, siempre y cuando pague sus cuentas con puntualidad. Vemos así como el dinero transforma a una comunidad tradicional. Los ciudadanos de Iping acostumbraban a realizar tratos comerciales cara a cara y sólo con gente bien conocida. Pero un completo extraño es capaz de vivir entre ellos en virtud del poder del dinero, que representa el funcionamiento impersonal del mercado.

Uno podría pensar que Wells podría dar la bienvenida a este poder como una fuerza de progreso. Como el mismo demuestra, una transacción de mercado permite a dos extraños perfectos, incluso aquellos que pueden tener razones para ser hóstiles entre si, a cooperar en una forma limitada para mutuo beneficio. El dinero parece ser una forma de ampliar, en gran medida, la gama de interacción social. Y en la representación de Wells, a pueblos como Iping les vendría bien una ampliación de sus horizontes. En general, Wells trata a los habitantes de la villa cómicamente, cusando risa por sus convencionalismos y supersticiones. Sin embargo, Wells parece ponerse de su lado, aceptando su modo de vida como la medida de la normalidad y presentando al Hombre Invisible como una figura siniestra, quién con su secretismo y la preocupación obsesiva por su privacidad, que perturba el funcionamiento pacífico de la aldea. Wells reserva sus críticas para la ciudad de Londres.

En la sección londinense de la narrativa de la novela, la invisibilidad de Griffin viene a simbolizar la debilidad y vulnerabilidad del hombre moderno, la forma en que se convierte en un cero a la izquierda bajo la presión de la sociedad de masas, la forma en que se pierde en la confusión de la multirud urbana. Griffin tiene, por supuesto, grandes esperanzas de que la invisibilidad le permita hacer lo que desee, pero una vez se vuelve invisible, en realidad descubre los nuevos problemas que su condición le va a causar. Emergiendo triunfalmente en las calles de Londres, esperando a "deleitarse de su extraordinaria vemtaja", se ve zarandeado por la masa del pueblo en la gran ciudad: "Pero apenas había surgido en la calle Great Portland ... cuando oí un choque que me causó una conmoción cerebral y fui golpeado por detrás... traté de meterme en la corriente de la multitud pero era demasiado espesa para mi y, en un momento, mis talones estaban siendo pisoteados." Esperando convertirse en un dios para sus compañeros londinenses, Griffin descubre literalmente que no es nada para ellos. Caminan derecho hacia él y sobre él.

La invisibilidad de Griffin se convierte así en una imagen llamativa de todo lo que Wells está tratando de mostrar sobre la impersonalidad del mercado. En la pequeña aldea de Iping, el problema de Griffin es que todo el mundo está pendiente de él: todo el mundo quiere meterse en sus asuntos. Su problema en Londres es exactamente el opuesto: es completamente ignorado. En Londres, nadie sabe nada de los demás o, al menos, un hombre puede ser un complato desconocido para sus vecinos más cercanos. Wells parece sugerir que incluso sin sus experimentos diabólicos, Griffin sería, en efecto, invisible en Londres. La moderna metrópolis urbana es una forma de comunidad particularmente atenuada, en la cual la gente vive junta pero tiene muy poco en común. Wells enfatiza este punto eligiendo al casero londinense de Griffin, "un viejo judío polaco" que habla en Yiddish en un momento clave. Londres no es simplemente una paradójica comunidad de extraños; es una comunidad de extranjeros que a veces incluso no hablan el mismo lenguaje.

Para Wells, entonces, ser invisible en Londres es ser un individuo en una economía de mercado vasta e impersonal que no proporciona raíces genuinas o comunitarias y que, por lo tanto, convierte al hombre en un ser puramente necesitado. A través de la historia, Griffin está sorprendentemente obsesionado con las necesidades básicas humanas: comida, ropa y un techo. Griffin termina encarnando todo lo que Wells ve erróneo en el capitalismo. Con nada para estabilizar su vida, Griffin está siempre en movimiento, incapaz de encontrar descanso. Griffin está continuamente maquinando contra sus semejantes, siempre tratando de ontener ventaja de cualquier situación. Se encuentra con todos los problemas del individuo emancipado en un mundo moderno e ilustrado. En este contexto, es muy apropiado que Griffin sea un científico, un hombre que trata de vivir solo por la razón y que rechaza todas las creencias religiosas tradicionales. Los habitantes de la villa están particularmente molestos porque él "nunca va a la iglesia los domingos."

Alejado de cualquier sentido de comunidad, el Hombre Invisible se convierte en un monstruo de egoísmo, gobernado solamente por sus deseos y voluntad. Y como su colega el doctor Kemp le describe: "Él es puro egoísmo. No piensa en otra cosa que en su propia ventaja, su propia seguridad." De este modo, Griffin le sirve a Wells como la representación del homo oeconomicus, el hombre que sigue su propio interés racional con exclusión de las otras consideraciones. En particular, el Hombre Invisible se convierte en el símbolo de Wells del consumidor puro. En ua escena maravillosa, Griffin invade el bastión del consumismo burgués, unos grandes almacenes. El fenómeno era lo suficiente novedoso en los días de Wells para que eĺ se viera compelido a que Griffin explique el concepto: "Me encuentro a las puertas de Omniums, el gran establecimiento donde se puede comprar de todo — carne, comestibles, lino, muebles, cuadros, incluso cuadros al óleo — una serpenteante colección de tiendas en vez de una sola tienda." La invisibilidad de Griffin le da acceso a toda la panoplia de bienes que el capitalismo produce. Sin embargo, Wells añade un giro a su mito del Hombre Invisible para sugerir el caracter autodestructivo de la economía capitalista y su carrera consumista. Aunque Griffin es capaz de obtener cualquier cosa que desea, Wells insiste en las dificultades que encuentra consumiendo esos bienes. Si come la comida que ansía, esta le hace temporalmente visible a sus enemigos hasta que su cuerpo puede asimilarlo. Si se pone la ropa que codicia, se vuelve igualmente vulnerable.

El mismo Griffin formula su dilema con precisión: "Me acerqué a las cosas que cualquier hombre reconoce como deseables. Sin duda, la invisibilidad hace posible su adquisición, pero sin duda hace imposible su disfrute cuando las poseo." Aquí Wells se anticipa a las críticas post-marxistas al capitalismo, especialmente las de la Escuela de Franckfurt. El capitalismo puede tener éxito en permitir a los consumidores adquirir los bienes que quieren, pero les impide disfrutarlos. En efecto, mediante la generación de una cantidad infinita de deseos e involucrando a los consumidores en un proceso infinito de procesos de adquisición, la economía de mercado, desde este punto de vista, les condena a una insatisfacción perpetua.