El Hombre Invisible y la Mano Invisible III

Sin embargo, y de modo muy inteligente, Wells emplea la figura del hombre invisible para desarrollar una crítica del capitalismo, pero creo que su crítica falla. Por una razón, su objetivo es más amplio de lo que él cree. En gran parte de El Hombre Invisible, Wells no está criticando el capitalismo en general, sino la modernidad en general. Los aspectos de la vida que él cuestiona — organizaciones en gran escala, la existencia urbana, las masas de gente, el cosmopolitismo y el comportamiento racionalista y anti-tradicional — caracterizan a todos los regímenes modernos, a los socialistas tanto como a los capitalistas. En todo caso, el capitalismo reduce los efectos negativos de la sociedad de masas mediante la dispersión del poder económico y la preservación de los bolsillos privados como resistencia al Estado Leviatán. La experiencia de las comunidades socialistas en el siglo XX sugiere que, en una economía central planificada, de hecho los seres humanos es más probable que se sientan como ceros, con sus derechos a la propiedad y a la iniciativa privadas eliminados. En cuanto al punto de Wells sobre el consumo capitalista se basa en una falsa analogía. Nada en el mundo real corresponde con las dificultades que Griffin encuentra en disfrutar lo que toma, que es totalmente peculiar de la situación en que se encuentra como hombre invisible. De hecho, muchos consumidores bajo el capitalismo quieren que su consumo sea visible. Desde Thorsten Veblen, los críticos del capitalismo se han quejado del "consumo conspicuo". Wells quizás tenga en su punto de mira una crítica del consumo capitalista, pero el vehículo particular de ficción que usa no hace nada para demostrarlo.

En efecto, la metáfora central de Wells no funciona en un aspecto tan fundamental que evita la necesidad de una refutación detallada, punto por punto, de su posición. Sólo hay un Hombre Invisible en la historia de Wells. Lejos de funcionar como un sistema de mercado, él disfruta del monopolio, lo opuesto al mercado libre. De ahí que él opere sin los controles y equilibrios que son vitales para la idea de Adam Smith de la mano invisible. Smith nunca ha negado que los seres humanos son egoístas. Pero el punto crucial es que, las personas individuales son tan egoístas como pueden, y por ello, el egoísmo hace que el sistema de mercado funcione porque el egoísmo se ve forzado a servir al bien común. Por ello, la parábola de ciencia-ficción de Wells falla al testear los principios económicos de Smith. De hecho, Smith estaría de acuerdo en que hacer un hombre invisible le convertiría en un monstruo de egoísmo, porque le pondría fuera de la disciplina normal de mercado, donde los hombres de negocios se mantienen vigilados los unos a los otros precisamente porque cada uno puede observar las acciones de los otros, siempre buscando alguna ventaja competitiva. En Smith, el empresario individual no es invisible. Es más, en su funcionamiento, la mano invisible depende de la visibilidad de los hombres de negocios cuando se encuentran en la competencia abierta.

Por lo tanto, prefiero concentrarme, no en analizar la lógica de la posición de Wells, que es débil, sino en los motivos que hay detrás de su hostilidad a la economía de mercado. Lo más peculiar de los aspectos de El hombre invisible es el atavismo de la posición de Wells. Él se pone del lado de los pueblerinos contra el genio científico, Griffin. De hecho, Wells parece culpable de nostalgia política y económica en el hombre invisible, mirando hacia atrás con nostalgia a una edad anterior y más simple, donde las comunidades eran más pequeñas, los intereses personales estaban entrelazados y los seres humanos podían contar con la cooperación de los demás para solucionar sus problemas. Fundamentalmente Wells desconfía de la visión central de Smith y de la economía capitalista: que el mercado proporciona una forma de racionalizar las actividades productivas de los seres humanos sin la necesidad de una dirección central, o incluso, sin que los autores se conozcan personalmente.

Wells comparte las sospechas y los temores que normalmente aterran a los ciudadanos de las comunidades premodernas y poco desarrolladas. Como Friederick Hayek argumentó en La arrogancia fatal, para esta gente las operaciones de la economía de mercado parecen mágicas. El comerciante, el empresario, el financiero — todos estos autores básicos en la economía de mercado — producen aparentemente riqueza de la nada, y por ello, para el hombre común, parecen hechiceros. Y aunque parezca increíble, a todos los primeros economistas de los siglos XVII y XVIII, opinaban lo mismo que Wells. Por ejemplo, Richard Cantillon (1680-1734), en su obra Ensayo sobre el comercio en general, consideraba que sólo la tierra y el trabajo agrícola son productivos. Ni siquiera el trabajo aplicado sobre los productos agrícolas para producir bienes no agrícolas, por ejemplo, el cuero vacuno y el trabajo del artesano para producir zapatos o botas, son considerados productivos. En la misma línea está el pensamiento de la escuela francesa de los fisiócratas. Fisiocracia proviene del griego y significa "gobierno de la naturaleza". Sólo el trabajo humano aplicado sobre la naturaleza es productivo. Los fisiócratas consideraban al resto de los trabajadores (sirvientes, artesanos, comerciantes, etc.) como improductivos. Sin duda, tanto el primero como los segundos estaban fascinados por el aparente milagro de la naturaleza de que el agricultor siembra un puñado de semillas y recoge cientos. No fue hasta que Adam Smith publicó La riqueza de las naciones cuando se estableció que el trabajo en todos los sectores productivos de la economía, y no sólo en la agricultura, proporcionan todas las cosas necesarias y convenientes para la vida, es decir, riqueza. Sólo hasta la publicación de Los principios de economía política de David Ricardo se empieza a reconocer, y como una excepción de la regla general, que las máquinas y herramientas, es decir, el capital físico, son también productivas y, que no se produce lo mismo trabajando con una máquina moderna que con otra anticuada y obsoleta. Para Marx, sólo el trabajo es productivo y, por ende, los beneficios son una extracción ilegítima que los capitalistas hacen a los trabajadores. Por ello, la creencia común durante siglos de que los banqueros y empresarios obtienen dinero de la nada costó mucho de desarraigar. Y eso a pesar de que durante el siglo XV, muchos comerciantes se quejaban de que no había suficientes monedas de oro y plata en circulación para sus actividades comerciales y que, en muchas ocasiones, no podían cerrar operaciones sino era con pagarés de los primeros banqueros (orfebres en centro y norte de Europa, cambistas en la península ibérica). Si no hubiese sido por estos pagarés, que estos protobanqueros emitían y garantizaban con su firma, el comercio se hubiese paralizado durante el siglo XV. Esta falta de metales preciosos acabó con el descubrimiento del Nuevo Mundo y, al final, pasó desapercibida a los primeros economistas que hemos detallado. Pero hasta que esto sucedió, los comerciantes aceptaban de otros comerciantes los pagarés sin fecha de vencimiento (a la vista) de mala gana y a regañadientes emitidos por un banquero como pago de la transacción comercial. La alternativa a aceptar estos pagarés. aún a riesgo de no cobrarlos nunca, era no vender y, por lo tanto, no hacer negocio. Pero estos pagarés pasaban de mano en mano, y casi nunca se redimían o cobraban en monedas de oro o plata. Era pues, una economía fiduciaria en gran parte.

Como hemos visto, Wells comparte con el hombre común la sospecha de que los banqueros, comerciantes y empresarios son improductivos, que mantienen el secretismo en sus negocios, que todo lo que se mueve alrededor del dinero pertenece a otras personas, que su adquisición de dinero es, básicamente, una forma de robo y que viven a costa del trabajo de otros. Como mucha gente, Wells no puede entender o apreciar la contribución especial que el empresario hace al bien de la economía en su conjunto. En Una utopía moderna hace la reveladora declaración de que "el comercio es un adios a la produccción y no es un factor esencial de la vida moderna." De hecho, el empresario, por el conocimiento especial de las condiciones de mercado y su disposición a asumir riesgos en un mundo incierto, hace posible que los bienes estén disponibles donde y cuando la gente los necesita. Cualquiera que crea que los empresarios no ganan sus beneficios está, en esencia, afirmando que vivimos en un mundo libre de riesgos.

Al igual que muchos ingleses del siglo XIX con inclinaciones socialistas, Wells tuvo problemas en aceptar el aparente desorden del complejo sistema de la economía de mercado, que opera precisamente dispersando el conocimiento económico, el poder y el control. Wells no era abiertamente nostálgico del sistema feudal como lo fueron Thomas Carlyle y William Morris pero, sin embargo, si volvió a ciertas formas de pensar medievales al mostrar una insistencia en que el orden tiene que ser impuesto en la sociedad desde arriba — sólo con líderes dirigiendo la actividad económica desde el centro puede la economía tomar una forma racional. A Wells no le gusta la idea de un carácter impersonal que opera fuera de cualquier actividad central y, por lo tanto, más allá de cualquier control centralizado. El hombre Invisible personifica todo lo que a Wells le disgusta en el orden espontáneo del mercado. Griffin es, al menos, un ser humano impredecible. Puede aprecer en cualquier lugar y en cualquier momento y poner una traba en el plan de gobierno más elaborado. es más, él es la pesadilla del peor burócrata: ¿como se puede reglamentar a un hombre al que ni siquiera puedes ver?
[epílogo]
Adam Smith (1723-1790) no era un economista. De hecho, esta palabra ni siquiera existía, aunque si existía la palabra economía. No había una disciplina académica llamada Economía. A. Smith era un filósofo. Dio clases en varias universidades del Reino Unido (Edimburgo, Oxford, Glasgow) y sobre distintas materias filosóficas (Retórica, Lógica, Filosofía Moral) y aún, sobre materias no filosóficas (Literatura). Smith enseñó economía política dentro de la asignatura que daba de Filosofía Moral. Pero la economía no era una asignatura reglada.

Lo que Smith pretendía demostrar es que, en el mundo social, existe una ley que, de algún modo, fuese similar a la de la gravitación universal de Isaac Newton (1642-1727). Una ley económica que fuese universal, para toda la humanidad, tanto en China como en su país o en cualquier otra parte del mundo. Smith nunca dijo que pretendiese buscar esto, ni siquiera mencionó nunca a Newton en las dos obras que escribió. Pero siendo filósofo, apuntaba al Derecho o Ley Natural. Para él, había un principio universal en las relaciones económicas humanas: lo que después se llegó a llamar competencia perfecta o, en terminos periodísticos, sistema de libre mercado. Es una situación ideal, en cuanto es la mejor, pero también idealizada (en el sentido de sacralizada), en la que existen muchos compradores de un producto y muchos vendedores de dicho producto. Pongamos que hablamos de patatas. Pongamos que hablamos de una ciudad de unos 50.000 habitantes (en tiempos de Smith las ciudades eran tan grandes como hoy son los pueblos grandes, es decir, capitales de comarca), En dicha ciudad hay 500 oferentes de patatas en un día determinado. No hace falta que se reúnan todos en un mercado al aire libre. No es en ese sentido el que los economistas usan para hablar de mercado. Si por ejemplo, un oferente de patatas tiene más patatas de lo habitual en el, intentará deshacerse de ellas. Puede pensar que si no las vende hoy, mañana habrá algunas estropeadas que no podrá vender, por lo que perderá dinero. Puede pensar que mañana puede llegar alguna carga importante de patatas de fuera que haga bajar el precio. O simplemente puede pensar que le interesa más vender todas las patatas hoy, aunque gane menos que otros por unidad, hacer caja, comprar por la tarde más patatas a un agricultor para vender más al día siguiente. En este caso, puede compensar con un mayor volúmen de ventas el menor margen comercial y ganar más dinero que si no bajara el precio. En cualquier caso, decide vender las patatas un penique más baratas por cada bolsa de cuarenta libras. El egoísmo le aconseja bajar el precio.

Los primeros compradores que aparecen de buena mañana, deciden comprarle las patatas que tenían pensado comprar, ya que son más baratas que las que ofrecen los otros comerciantes. Estos deciden bajar a su vez el precio hasta igualar el precio de nuestro comerciante. De este modo, en una negociación libre y abierta, se llega al precio natural. El egoísmo les hace comprar el producto allí donde lo encuentran más barato.

Resultado final: el egoísmo de los compradores y de los vendedores, demandantes y oferentes, ha hecho que se pague por el artículo en cuestión el menor precio posible, el precio natural. El comerciante, tal como lo explica Smith, al menor precio posible, al precio de mercado libre (competencia perfecta, según los economistas), si es industrioso y obra con prudencia, obtiene unos beneficios que le permiten vivir con el nivel de vida que su familia y la sociedad considera adecuados para su clase social. Pero nunca se hará millonario. Probablemente en tiempos de Smith no los había, o si los había, eran la excepción que confirma la regla.

Es obvio que Smith nunca habló de patatas. Él era una persona de un nivel educativo tan alto que se expresba en términos más elevados.

El mismo sistema de mercado libre existía para el trabajo, una mercancía más que se compraba y se vendía como las demás. Hablamos de la fuerza de trabajo, como lo llamó Marx, no de esclavos. Los trabajadores venden su fuerza de trabajo al mejor postor. Los empresarios compran la fuerza de trabajo al precio más bajo. En la negociación libre entre unos y otros se alcanza el precio natural de la fuerza de trabajo, es decir, el salario natural o lo que los economistas llaman salario de subsistencia.

Restando del precio natural del artículo vendido, el salario natural de la mano de obra empleada y el precio natural de los productos que entran en su composición, se obtiene el beneficio natural del empresario.

El mundo con que soñaba Smith era un mundo ideal, que él pensaba que el dirigido por mercado libre es decir, la oferta y la demanda (la mano invisible). Gracias al mecanismo invisible de los mercados, si los dejamos funcionar solos y sin interferencias externas a ellos, estos se autoregulan. De ahí el parecido, a mi entener, con la ley de la gravitación universal de Newton. La gravedad también es invisible, y también hace que los cuerpos celestes giren unos alrededior de otros, sin colisionar jamás.

Normalmente se le atribuyen a Adam Smith ideas y conceptos que no estaban en su mente y que nunca escribió.  Noam Chomsky le atribuye a Smith, aunque sin nombrarla, la ley de hierro de los salarios. Smith nunca empleó la expresión de salarios de subsistencia, sino salario natural. Dicho salario debía permitir a los trabajadores mantener a sus familias, con la colaboración de la esposa y los hijos desde temprana edad. Entonces el trabajo infantil era considerado como algo normal y no como algo éticamente reprobable. Y Smith siguió en este punto la creencuiia general. Si una familia era industriosa, como se decía entonces, trabajadora, ahorradora, frugal, espartana, con el tiempo podía prosperar y convertirse en artesanos. Smith sentía una simpatía por esta clase de gente, pero no por los holgazanes, lo cual cuadra dentro de la ética protestante que profesaba.

El mundo de Adam Smith estaba mucho más cercano a su mundo imaginario de la competencia perfecta que el nuestro. En aquél mundo no existía ni grandes superficies comerciales ni las multinacionales petroleras o de las telecomunicaciones. Desde este punto de vista, el modelo smitano era un modelo consistente con la realidad sociocultural de su época. Pero hoy en día, es un modelo tan caduco y anticuado como los carruajes tirados por caballos de su época.

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